En coma estaba la tarde al salir el cuarto. El sino tenía que cambiar y lo hizo de la mano de Morante, quien, tras probar al burel, firmó un soberbio quite por verónicas y dos medias de ensueño al que seguiría otro quite por delantales, media de libro incluida. Por suerte sigue habiendo toreros que usan el capote para crear arte. Su capa bastó para levantar Madrid. Enrabietado cogió la muleta para llevarse al toro a los medios, pero el viento se lo impidió.
Ya en el tercio ha bordado el toreo por ambos lados. Arrebatado y fuera de sí, han surgido muletazos de toreo de salón, sueltos unos, ligados otros. Derechazos rotos, naturales eternos, remates con la esencia de Gallito y Paula… y arte, por encima de todo, ARTE. Cante “jondo”, toreo del grande. Si el cornúpeta llega a tener algo más de gracia en sus embestidas, la faena hubiese sido de Puerta Grande. Jaleados los pases dados y los no dados, porque Madrid estaba loca. El sevillano les había vuelto a todos locos. Un aviso. -No me importa-, debió pensar José Antonio. Después de once minutos de esfuerzo entró a matar. Pinchazo y a la segunda –sorpresa-, clavó. Oreja con mucha fuerza, aunque levemente protestada por la contumacia de un Tendido Siete que no entiende que en esto de los Toros el arte, el sentimiento y el duende juegan un papel destacado, más allá del academicismo del cruce, muleta plana y toreo sin ligar. Ellos se lo pierden, yo no.
Con su primero anduvo dispuesto desde los doblones de inicio de faena. Surgieron derechazos de nivel, pero sin especial alcance. Trasteo frío por ser el primero, por la climatología y por la condición incómoda del de Victoriano. Hace un año, Morante hubiera entrado a matar en dos minutos. Hoy hizo el esfuerzo y aunque no ganó palmas, sí respeto.
José María Manzanares ha dado una nueva lección de temple y toreo a cámara lenta con el sexto, un animal demasiado flojo y soso al que le trato con una suavidad exquisita. Después de un inicio a medio gas, el alicantino desplegó toda su esencia. Muletazos desmayados, eternos y muy sentidos. Si el toro hubiera tenido mayor interés la faena podía haber sido de lío gordo. Una estocada entera fue el colofón a una obra a la par de arte y de ingeniería por mantener vivo un marrajo que no lo estaba. La ovación se queda insuficiente para su actuación, pero el susodicho marmolillo, la lluvia y la huida masiva de la gente enfriaron la situación. Con el tercero no pudo más que pegarse un arrimón tras haber intentado por activa y pasiva crear algo bello con un toro muy incómodo que se quedaba siempre corto.
El Juli tenía la difícil papeleta de igualarse. Hace un año y con la misma ganadería bordó el toreo. Hoy no le ha sido posible, y no por falta de ganas. Ha estado cerca de llevarse la oreja del quinto, pero falló a espadas (harto raro en él) una faena que, después de un comienzo frío, ha terminando con una lección de toreo a mano baja y hondura. Varias tandas de mucho mérito y hermosura a un ejemplar muy brusco aunque con la transmisión de que carecían sus hermanos, al que ha ido metiendo en la canasta el de Velilla de San Antonio. El estético epílogo por abajo dejó en bandeja la oreja, pero no remató su labor hasta el quinto espadazo. Palmas de consuelo.
Antes en su primero Julián ya había hecho un esfuerzo. Dejó crudo al toro en varas con la idea de cuidarle, pero esto terminó volviéndose en su contra. Cabeceaba y se caía demasiado el burel como para que rompiese la cosa. Anduvo rápido con la espada y no gastó tiempo innecesario.
Toros de Victoriano del Río, bien presentados. 1º, manejable. 2º y 3º, desrazados. 4º, con fondo aunque sin transmisión. 5º, brusco. 6º, manejable, flojo y desrazado.
Morante de la Puebla, silencio tras aviso y oreja tras dos avisos.
El Juli, silencio y palmas tras aviso.
José María Manzanares, silencio y saludos tras aviso.