Todo se magnifica si las personas a las que vas a conocer en este ambiente del toro son dos de tus toreros predilectos, de antes y de ahora; uno es un torero de la máxima calidad humana, y que ha sido y será figurón del toreo, de los que mandaban en plaza y en los despachos, de los de irse a portagayola y sentido de temple con la muleta, de los que estuvo durante unos diez años con más de cien corridas por temporada.
El otro, el que más me hace disfrutar con su toreo, toreo de desgarro, toreo placentero, donde en primer lugar está, si duda alguna, el arte, y después la clase, y la inspiración, y como no, aunque para algunos pase desapercibido, su valor, porque para torear tan despacio como él torea, no olviden nunca, que hay que tener mucho valor.
Iba a paladear un tentadero de lujo, con dos toreros sevillanos; uno de Espartinas; el otro de Puebla del Río. Eran, ya lo habrán adivinado, Juan A. Ruiz “Espartaco” y José Antonio “Morante de la Puebla”, que se habían citado en la finca “Lo Alvaro” donde D. Juan P. Domecq, le tenía encerradas cuatro eralas.
El primero en llegar a la cita es “Espartaco” y se le nota en el trato su calidad de ser humano. Y saludos al ganadero, al mayoral, a los novilleros de la zona que se han congregado esta tarde, a todos los que allí estábamos, y fotos. Al llegar “Morante”, con alma de bohemio, se repiten los saludos y las fotos … mil fotos con todos. Después un cuarto del cortijo se convierte, esta tarde, en habitación de hotel. Los machos se han cambiado por los caireles de la calzona campera, los botos bien lustrados y los zahones relucientes, todo dispuesto siempre como un rito. El patio está en silencio cuando salen, solo cantan pájaros y todo suena a campo. La plaza, es una tapia de piedra de silencio, donde los novilleros esperan con la muleta preparada. Las vacas llegan al corral entre galopes de los mayorales y cabestros.
"Cuando quieran, maestros", dice el ganadero. Todo es rito y silencio. Tendidos de humedades, los burladeros rozados de cornadas de vacas que repiten la bravura. Y se abre el portón por donde sale la primera erala, un número que canta el mayoral que ha abierto los cerrojos. El caballo la espera entre los cantos del silencio de pájaros de siglos. Voz de campo, “ehh vaca!!” el piquero cita y llama. Levanta la garrocha mientras pone el pecho del caballo recibiendo. Se oyen la embestida y las pisadas de la becerra sobre el piso. Un capote la cierra, otro la lleva nuevamente al caballo, ahora la ponen en donde una libreta apunta números y embestidas que sólo el ganadero entiende.
Hasta el vuelo del capote se oye cuando el maestro va templando ahora la embestida, tan nueva, de la vaca, y con miradas, hombres que se entienden, y un peón que ahora echa el capote, y a una mano se trae a la becerra hasta un tercio. Y la muleta, bien armada, por bajo la recibe, y da salida a esa sangre tan nueva que enrojece el lomo vareado de la vaca. Y cumpliendo esa sangre, la becerra mete la cara en esa tela roja, como si nunca hubiera hecho otra cosa, y repite embestidas que barruntan tardes de dos orejas con sus hijos. "Ya está vista", comenta el ganadero. "Muchacho baja", dice a los que esperan. Y la muleta de este imita lo que ha visto al maestro, que ahora bebe un trago. "Otro más y el de pecho" es la medida que el ganadero dicta ahora. “Puerta” Y el portón se abre nuevamente a libertad de campo y de jarales, y la vaca, encelada en los engaños, se encampana en la gloria de su hierro, hasta que a gritos los vaqueros logran que retorne a los campos su bravura Así, viendo torear de dulce, cae la noche en la tranquilidad del campo bravo, después de disfrutar de una tarde de tentadero, es cuando la piel se eriza de tanto sentimiento y miras al cielo, sonriendo, y dando las gracias a Dios por haberte traído esta tarde aquí.
Después, despedidas y abrazos, un hasta pronto y el sentimiento de haber pasado una tarde inolvidable. ¿Que qué hicieron Espartaco y Morante delante de las vacas? Ahí dejo las fotos porque siempre ha habido placeres que nunca querré, ni podré, ponerle palabras.